Sale a las 17h00 de su
tedioso trabajo en el banco, camina hacia el parqueadero donde lo espera
su auto, distante aún de él por otros cuatro años de cuotas. Afuera llueve; las pequeñas gotas de agua que ciertos poemas describen con
ternura, le causan molestia. Antes se hubiera dirigido a la universidad,
en el sucio bus atestado de gente y malos olores; habría llegado,
habría conversado con sus amigos y con suerte, si el profesor se
ausentaba, habría ido por unas bielas a uno de los antros cercanos. Pero ya no.
Los tiempos han cambiado y ahora se dirige a su acogedor departamento,
por el que paga de arriendo un tercio de su sueldo. Sin embargo, empieza
a recordar que durante la anterior sesión de Playstation 3 del domingo
olvidó hacer la compra en el supermercado, por lo que deberá pasar por
algo de comer. El Chifa es el sitio más cercano.
—Uno para llevar, por favor —le dice amablemente a la dueña del lugar,
una china de quien sabe cuántos años, pero que todavía tiene porte y una
firme voz cuyo dialécto se sumerge entre la ex China maoísta y la
Sudamérica caótica.
—¿Chaulafán? —le
responde al muchacho de terno, de camisa transpirada por el día y por
las largas filas de personas que no paraban de venir a depositar dinero,
a retirar dinero, a entregar formularios mal llenados sobre impuestos y
que terminaban siempre peleando por dinero. La panza bajo su corbata no
se puede evitar; otros días llegaba con el saco abotonado, pero en esta
ocasión hace tanto calor que prefiere llegar el saco en brazos.
De
camino a casa, en la radio suena una canción de reguetón; "no es el
momento oportuno para estos ritmos", se pone a pensar, así que empieza a
zippear, primero música del mundo, luego baladas ochenteras,
luego una odiosa voz de locutor que intenta seducir chicas regalando
canciones, luego la publicidad de una tarjeta que te ofrece unas
vacaciones... vacaciones... piensa. ¿El Caribe? ¿La Patagonia? ¿San
Andrés? ¿Galápagos? había estado en Galápagos hace dos años atrás,
cuando todavía podía respirar sin la dificultad que ahora, aunque
alguien ya le advertía de la posibilidad de que eso no pudiera seguir
siendo así.
De
inmediato inicia el noticiero local, y por alguna razón, o quizás por
simple indeferencia, se decide a no mover un dedo. Política, Deportes,
Economía, Internacionales. "China plantea realizar inversiones en el
sector petrolero". "El país ha solicitado un nuevo crédito por más de
cien millones de dólares". De pronto, en el semáforo, regresa a mirar la
tarrina de chaulafán que aguarda en el asiento de copiloto, donde solía
ir una persona.
Media
hora después, luego de vencer el terrible tráfico, se quita los
zapatos, se recuesta y de inmediato quiere mirar el televisor, pero no
encuentra el control. Luego de buscar detrás de un reloj cuya parte
posterior dice Made in China, da por fin con el mando. De
inmediato, sintoniza un canal de cable y procede a abrir la tarrina, que
degustará junto con una lata de Coca-Cola, lo único que quedaba en la refri. De
pronto los párpados son más pesados que el día. No se pregunta si es el
aburrido programa o el insípido chaulafán lo que le está causando ese
adormecimiento. Simplemente se deja llevar. Empieza a soñar que la corbata le aprieta, y que para liberarse
de ella tiene que saltar. Mientras cae al vacio, un dragón se cuela en
el escenario y le rescata de una muerte segura. Una vez que el dragón se
cansa, se mira a sí mismo en un edificio gigante, con grandes ventanas,
con luces de neón, con muchedumbres de personas a las que quizás no
conocerá nunca. Despierta, y además de notar que se durmió con la tele
prendida y la camisa puesta, al mirar el reloj se da cuenta de que son
las dos y media de la mañana. Va hacia el baño, regresa para ya no puede
dormir. Se quita la camisa sucia y la corbata y se pone a cambiar de
canal, a ver si encuentra algo lo suficientemente aburrido que le
regrese al país del sueño. Pero el efecto tarda en llegar. Entonces toma
la laptop, que aún está a meses de ser suya, ingresa facebook, chequea
un par de mensajes, pero ninguno corresponde al de la persona que solía
acompañarle en el auto de camino a casa, antes de que una tarrina de
chifa la sustituyera.
Apaga
la compu, prende la radio y se da cuenta de que la música es la misma
que escuchó hace unas horas mientras venía del trabajo. Busca un cd,
pero recuerda que ya todo lo tiene en el mp3; siente flojera de
buscarlo, siente pereza de encender de nuevo la laptop y se decide más
bien por un cigarrillo. El Marlboro no le sabe como siempre; de repente
siente que se le baja la presión. Un escalofrío muy singular recorre su
médula; es cuando decide buscar alguna pastilla en el velador. Mientras
intenta encender la lámpara, por accidente arroja la tarrina de
chaulafán a medio terminar. ¡MIERDA!!! grita. Entonces decide salir.
Busca aquella bata que la persona que antes sustituía en el asiento de
su auto a la tarrina que ahora le causaba tanta irritación, le había
regalado el día de su cumpleaños. Sale hasta el balcón; un par de niños
todavía están jugando fútbol, y un vagabundo, que por las mañanas suele
cuidar los autos mientras se estacionan, está aspirando una botella. Regresa
a su cuarto, y busca desesperadamente la obscuridad. Se coloca lo más
que puede bajo el edredón. -Qué cómodo es aquí dentro -piensa. Y por fin
se queda dormido.
Nada
de esto sería especial si no fuera porque se ha repetido cada noche, desde
hace mucho tiempo. Los niños jugando. La música de la radio. La lluvia
que volvía intransitable la ciudad. El banco. Las colas. Los gritos. Los
reclamos. El estado de cuenta cada 25. La bandeja de entrada del hotmail repleta de anuncios publicitarios. El facebook lleno de actualizaciones ajenas. Los cientos de chifas dispersos por la ciudad; los millones de chinos dispersos por el mundo.
Una
mañana, luego de soñar que esperaba al dragón pero que éste se había
convertido en un artificio mecánico, despertó pensando que haría la
diferencia. En su velador ya no había una tarrina desechable. Esa
madrugada, a eso de las cuatro y media, decidió salir a caminar.

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